La obra de Rousseau representa uno de los temas más complejos dentro de la historia del arte. En su autobiografía de 1893 Rousseau habla de su temprana vocación pictórica, dando así por tierra con las teorías de que había comenzado a pintar por aburrimiento en las horas muertas de su trabajo en la aduana. Nacido en Laval en el año 1844, vista la falta de fortuna de sus padres, se vio obligado a seguir, al principio, otra carrera a la cual lo llamaban sus gustos artísticos. Su padre era hojalatero y su madre provenía de una familia de tradición militar. En su juventud, tomó parte en la campaña a México ordenada por Napoleón III. El recuerdo de aquellos exóticos paisajes no lo abandonaría a lo largo de toda su vida. Al volver trabajó en un estudio de un abogado. Poco después participó en la guerra franco-prusiana. Terminada ésta, obtuvo un puesto en la aduana, que abandonaría en 1885 para dedicarse por completo a su vocación artística. Para entonces, Rousseau ya compartía su vida con su segunda esposa, Josefina, que lo ayudaba económicamente con una papelería, a cuya clientela ofrecía las obras de su marido. Posteriormente, el crítico Louis Vauxcelles, y Picasso encontrarían las obras de Rousseau desperdigadas en manos de comerciantes y vecinos de la zona donde vivía el pintor. En 1887, la crítica le cedió, con reservas, un lugar dentro de los artistas primitivos. Camilla Pisarro, Odilon Redon y Paul Gauguin se interesaron entonces por su obra, y cubistas y expresionistas se mostraron sorprendidos por las soluciones que representaba su pintura: el arte azteca, los motivos folklóricos y la artesanía medieval, todo ello parecía amalgamarse en su obra.
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